♣♣
Durante su estancia en Madrid, Casanova coincide en una ocasión con la duquesa de Villadarias, conocida por su andromanía pues «cuando la sorprendía el furor uterino, nada podía frenarla» según palabras textuales de Casanova. En realidad no existe ducado con ese apellido y probablemente se trataba de la mujer del marqués Juan Bautista Villadarias. Pero este encuentro le sirve a Casanova para filosofar sobre el placer de las mujeres en el sexo y preguntarse quién disfruta más practicándolo, si la mujer o el hombre.
Se extracta a continuación su opinión. Peo antes de leerla habría que tener en cuenta, no sólo la mentalidad y circunstancias de la época en que fue escrito, sino también el dato de que Casanova intervino en defensa de la mujer en una discusión científica entre médicos sobre si el útero de la mujer tenía cerebro propio o no (quizás algún día tratemos esa discusión aquí):
«Si pienso en ciertos hechos que una miserable filosofía se empeña en poner siempre entre las problemáticas cuando en realidad están decididas desde que la razón existe, me echo a reír. La gente querría saber cuál de los dos sexos tiene más razones para interesarse en el acto carnal en relación con el placer que siente al hacerlo; siempre se ha dicho que el femenino. Homero hizo surgir una disputa entre Júpiter y Juno sobre ese argumento; Tiresias, que había sido mujer, pronunció una sentencia auténtica pero ridícula, porque parece pesar los dos placeres en los platillos de una balanza. Una razón sumaria ha hecho decir a los empíricos que el placer de la mujer debe de ser mayor porque la fiesta se celebra en su propia casa, y esa razón es plausible, porque con toda comodidad sólo necesita dejarse hacer; pero lo que vuelve la verdad palpable a ojos de un empírico es que, si la mujer no tuviera más placer que el hombre, la naturaleza no la interesaría más que al hombre en el asunto; la mujer no tendría por tanto más trabajo que él, ni más órganos; pues, aunque solo fuera por esa bolsa que las mujeres tienen entre el intestino recto y la vejiga, que se llama matriz, y que es una parte absolutamente extraña a su cerebro, y por lo tanto independiente de su razón, es cierto que puede concebirse bien la posibilidad del nacimiento del hombre sin necesidad de que un macho haya sembrado su semen, pero nunca sin que un vaso lo haya contenido y puesto en condiciones de poder resistir al aire antes de salir a la luz.
Ahora bien, conviene reflexionar que ese órgano, el útero, que sólo tiene como única vía de comunicación la vagina, se enfurece cuando no se ve ocupado por la materia para la que la naturaleza lo ha hecho y colocado en la más decisiva de todas las regiones del cuerpo de la mujer. Hay un instinto que no atiende a razones. Quiere; y si el individuo en el que reside se opone a su voluntad, remueve cielo y tierra y causa males violentísimos al tirano que se niega a satisfacerlo; el hambre a la que está sujeto es mucho peor que la canina; si la mujer no le da el alimento que pide por el canal del que es única dueña, se enfurece a menudo y llega a tiranizarla de tal modo que no hay fuerza que pueda resistírsele. La amenaza con la muerte, la vuelve andrómana como a la duquesa que he citado, como a otra duquesa, la que conocí en Roma hace veinte años, como a dos grande damas venecianas y veinticinco más, que todas juntas me hicieron pensar que la matriz era un animal tan absoluto, tan irracional, tan indomable, que una mujer muy sensata, lejos de oponerse a sus caprichos, debía condescender a ellos humillándose y sometiéndose mediante un acto de virtud a la ley a la que Dios la había hecho nacer sujeta. Esa feroz víscera, sin embargo, es capaz de someterse a reglas; sólo es malvada cuando una fanática la irrita, y entonces le produce convulsiones, la vuelve loca; hace volverse devotas a unas, santa Teresa, santa Ágreda; y transforma a otras en Mesalinas que no son sin embargo más desgraciadas que las innumerables mujeres que pasan las noches medio dormidas y medio despiertas, teniendo entre sus brazos a san Antonio de Padua, a san Luis Gonzaga, a san Ignacio, al Niño Jesús. Observemos que estas pobres infelices le cuentan todo en la confesión al sacerdote o al fraile que vigila su consciencia; y que es muy raro que ese verdugo consagrado desengañe por miedo a arrancar la planta al limpiarla.
Tras el examen de todos estos males a los que nosotros los hombres no estamos sujetos, me pregunto si es lícito presumir que la naturaleza, semper sibi consona, siempre justa en sus reacciones y en sus compensaciones, no ha dado a las mujeres un placer directamente proporcional a los desagradables males a que están sometidas. Lo que yo puedo afirmar es lo siguiente: el placer que sentí cuando la mujer que amaba me hizo feliz fue desde luego grande, pero sé que no lo habría querido si para alcanzarlo, hubiera debido exponerme al riesgo de quedar embarazada. La mujer se expone a ese riesgo después de haber hecho varias veces la experiencia; encuentra por tanto que el placer le merece la pena. Tras todo ese examen me pregunto si quisiera volver a nacer como mujer, y, curiosidad aparte, digo que no. Como hombre gozo de un buen número de placeres que no podría tener siendo mujer y que me hacen preferir mi sexo al otro. Admito, sin embargo, que para tener el bello privilegio de volver a nacer, me contentaría, y firmaría, y sobre todo hoy, renacer no sólo mujer, sino animal de cualquier especie; por supuesto, renacer con mi memoria, porque sin eso ya no sería yo.»
Histoire de ma Vie, Vol II, Cap. IV
♣♣
