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La Venecia del Siglo XVIII es una Venecia arruinada, en declive. Únicamente el Carnaval, sus fiestas y el mundo del juego atrae a todos los aventureros de la época y a aquéllos primeros turistas que no querían limitarse a veranear en la residencia o en el balneario de turno. Este es ya su único poder, una ciudad de máscaras, de apuestas, de teatro, de costumbres relajadas y de prostitución. Obviamente Casanova no podría haber escogido otro lugar mejor para nacer. Y por eso llora cuando la deja y añora constantemente con volver. Y por eso fue el único apego real que tuvo en vida, el derivado de su sincero y fiel compromiso hacia su Patria.
Hoy sigue siendo fácil apreciar la progresiva y lenta decadencia de la Serennísima, donde la sombra de Casanova aún planea por muchos de sus rincones.
Es brillante la Conferencia que, con motivo de la exposición «El arte de los siglos XVII y XVIII en Venecia» celebrada en Barcelona el 14 de enero de 2008, dio el escritor y filósofo Félix de Azúa, sobre la realidad de esta ciudad en la época. La transcribo, parcial pero literalmente, a continuación.
«Venecia ha sido dos cosas: una ciudad (la Dominante) y una República (la Serenísima). Su territorio no era terrestre sino marítimo. Durante siglos, el dominio del mar ha sido mucho más importante que el terrestre. El imperio de Alejandro se sustentaba sobre una corona de puertos fortificados; también el imperio romano, el de Felipe II, el de Luis XV y el de la corona británica. El imperio marítimo de Venecia incluía aún en 1790, en la más absoluta decadencia, hasta tres millones de súbditos directos.
Sin embargo, a medida que se desarrollaba la artillería crecían en importancia las posesiones terrestres. Lo cual lleva aparejada la creación de poderosos ejércitos de infantería. Venecia nunca dio importancia a su expansión militar terrestre, aunque sus colonias comerciales en la península llegaban hasta Milán. Sus ciudades, Crema, Treviso, Vicenza, Verona, Brescia, Padua, nunca fueron integradas en un sistema estatal, no supo crear un ejército de tierra y fue decayendo a medida que los ejércitos terrestres se perfeccionaban y los mercenarios eran más caros, hasta morir a manos del mayor ejército del mundo, la Grand Armée de Napoleón. Las aguas que la habían convertido en un imperio acabaron por ahogarla.
El declive, por lo tanto, comenzó con la construcción, hacia el siglo XVI, de las modernas naciones europeas inseparables de un poderoso ejército de tierra. Y el desastre era ya inevitable en el siglo XVIII cuando las naciones se convirtieron en estados nacionales. La última expedición a Inglaterra, compuesta por nueve embarcaciones atiborradas de riquezas, partió en 1702. Sólo llegaron dos de las naves. Fue la última gran expedición veneciana. A partir de ese momento sus naves quedaron varadas y comenzaron a pudrirse.
La población veneciana
El desastre no habría sido tan humillante si su clase dirigente hubiera podido renovarse, pero las familias de la oligarquía, con un núcleo de unos treinta clanes cerrados en el Consejo de los Diez, máximo órgano ejecutivo, apenas cambiaron en cuatro siglos. En Europa, el trono, el ducado, el marquesado, era ocupado por personas que venían de muy distintas familias y linajes, según las épocas. La renovación, aunque escasa, permitía cierta ampliación del círculo de poder. Algunas naciones, como Inglaterra, incluyeron burgueses en la nobleza a través del matrimonio. En Venecia, los Mocenigo, Zenobio, Contarini, Pisan, Grimani, Foscarini, Giustinian, no permitieron la entrada de sangre nueva durante cuatrocientos años. El patriciado era una oligarquía cada vez más represora e inútil, a medida que iba perdiendo peso en el mundo financiero y militar.
El núcleo de la oligarquía endogámica que estuvo siempre compuesto por dos o tres milpersonas fue extinguiéndose sin renovación hasta ser sólo mil trescientos el año de su desaparición, 1797. Conocemos su número exacto porque eran los inscritos en el llamado “Libro de Oro”, directorio de los nobles con mando real. Los patricios se habían arruinado, habían degenerado y en sus últimos años no eran sino un espectro corrupto. La concentración de tanto poder en tan pocas familias había dejado en la indigencia a una considerable cantidad de miembros de la nobleza que apenas tenían para vivir. Son los célebres barnaboti (vivían en el barrio de San Barnabà), una plaga que no hizo sino aumentar a medida que se perdían las colonias, en donde solían formar parte de la administración. Esta masa de indigentes con espléndidos apellidos, ultra conservadores (porque sólo tenían como valor sus apellidos) e inútiles (porque nunca trabajaron seriamente), formaban un dique entre los patricios ricos y la burguesía que había comenzado a despuntar, como en el resto de Europa, y acabó por aplastar cualquier reforma, cualquier cambio liberal o modernizador que le hubiera dado poder a los burgueses, sus competidores más eficaces.
Así que de un lado se extinguían los patricios ricos por la endogamia (el protector de Casanova, Bragadin, fue el último de su estirpe, y con él se extinguieron los Barbaro, Mocenigo y Dandolo, todos descendientes de Dogos). De otro lado crecían desmesuradamente los inútiles barnaboti, agarrados a sus privilegios (recibían una pensión para mantener la dignidad del apellido y vendían sus votos en el Consejo). La burguesía era combatida como un enemigo interior. Así que a medida que se acercaba el final, no había repuesto alguno para pactar cambios.
Burgueses
Lo mejor del XVIII veneciano nos lo han legado los burgueses: Goldoni, Tiépolo, Longhi, Vivaldi, Casanova eran burgueses. Y burgueses eran los abogados, los notarios, los empleados de la administración pública, los cargos intermedios de la diplomacia, las profesiones liberales, el comercio al detall (con su espléndida calle Merceria), los talleres de la incipiente industria, la artesanía de lujo. Sin embargo, la ausencia de medidas liberalizadoras los arruinó igualmente.
Proletarios
No puede hablarse de proletariado fuera de los obreros del Arsenal (una aristocracia obrera del estado) y los del vidrio de Murano (con un estatuto de autonomía jurídica propio), de modo que sólo había pobres (honrados) y mendigos: hasta 30 mil en el informe de 1788. La cifra de trabajadores pobres es abrumadora y llegaron a censarse más de cuarenta mil. Así que casi 70.000 de los 100.000 habitantes de Venecia carecían de medios de vida honrados.
Para que no se convirtieran en un problema político se les mantenía perpetuamente entretenidos. La sucesión de fiestas es interminable, desde las 72 fiestas de los sestieri, los 15 días del Sposalizio del Mare, los seis meses del Carnaval y las innumerables fiestas patronales, religiosas o de arraigo popular como las bodas, que eran públicas y con bailes y banquetes. Venecia era un perpetuo entierro de la sardina con miles de ciudadanos pobres dando saltos en torno a un cartelón en el que figura la cara sonriente de un idiota.
Terra Ferma
Fuera de la ciudad, el campesinado de tierra firme trabajaba en las fincas de unos absentistas que sólo se presentaban para cobrar impuestos. Nunca se ocuparon de agricultura, nunca mejoraron las condiciones de trabajo o modernizaron el utillaje. Los campesinos del véneto eran los más pobres de la Europa rica y la mayor parte de ellos, ya en el siglo XVIII, constituyeron ese grupo inquietante para el que se creo en 1782 una judicatura especial: la de los malviventi, para poderlos condenar en juicios sumarísimos. Miles de miserables fueron enviados a remar en unas naves para las que ya no se podían pagar galeotes.
La ciudad
Apenas ha cambiado el núcleo urbano de Venecia. Sigue siendo el mismo. Una urdimbre de 117 islas unidas por casi cuatrocientos puentes. El Gran Canal era la vía de las mercancías y de los grandes depósitos de almacenaje (Fondaci). Los 177 canales menores distribuían la circulación y el reparto de bienes. Así como ahora asombra no ver coches, entonces asombraba no ver caballos. No obstante, un gentilhombre a pie era cosa inaudita en Europa, como un ejecutivo sin móvil. Y esa fue una de las causas por las que nunca se formó un cuerpo de oficiales de caballería, imprescindible en la guerra de tierra para la conducción de las tropas. Como habrán observado, en Venecia sólo hay una estatua ecuestre, la del condottiero Colleone, un mercenario cuya historia merece otra
conferencia.
Arruinadas las grandes familias, destruido el comercio, asfixiada la burguesía, con miles de inútiles barnaboti y otros miles de pobres, la ciudad dedicó su último siglo de existencia a las dos actividades económicas típicas de los desesperados: la prostitución y el juego. La Habana de Batista era el burdel de EEUU. Venecia fue el burdel de Europa. La prostitución había sido desde siempre un monopolio de la nobleza, por lo menos desde el renacimiento, y su explotación era pública. No hay viajero (desde Montaigne hasta Rousseau) que no haya dejado constancia de la abundancia y el descaro de las rameras de la cuales se publicaba cada año un catálogo con nombre, dirección, precio y cualidades. Algunas, las más lujosas, reservadas para visitantes principescos, fueron las primeras mujeres letradas y estudiosas de Italia.
También monopolio del estado era el juego y la lotería, la primera de Europa, de modo que Venecia se convirtió en el casino de Europa. La palabra misma designa unos habitáculos usados por los patricios de las Procuradorías para su vida privada. Como muchos de ellos se utilizaban para el juego clandestino acabó llamándose así, “casino”, al gran palacio del juego oficial, cuyo nombre verdadero es Ridotto. En el año del colapso, 1797, había en Venecia 176 casinos más o menos legales. En los casinos legales, sólo los patricios podían tener la banca, de modo que los barnaboti se alquilaban para este menester. Y si al principio las mesas arruinaban sobre todo a los viajeros acaudalados, acabaron por arruinar a los patricios. Aquellos a los que quedaba algo de fortuna no podían invertirla porque el dinero ya no servía para nada, de modo que les quemaba las manos. Hay escenas de las mesas de juego inmensas en las Memorias de Casanova.
No todo era corrupción, desesperación y estupidez. Un exiguo número de ciudadanos, casi todos burgueses, pero también alguno de los barnaboti, fueron ilustrados, masones y conspiradores. A partir de 1760 crecen considerablemente las denuncias de la policía secreta sobre reuniones de subversivos. Pero la conspiración se llevaba a cara descubierta, lo que la hacía ineficaz. Se conspiraba en el café y en el teatro, como en Paris, con la diferencia de que en París había 6 teatros y en Venecia 17.
(sigue)
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