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Continuación de la Conferencia que, con motivo de la exposición «El arte de los siglos XVII y XVIII en Venecia», fue celebrada en Barcelona el 14 de enero de 2008, por el escritor y filósofo Félix de Azúa, sobre la realidad de esta ciudad en la época:
«La política mundial
La oligarquía sabía con certeza que ahora la ciudad era una escenografía palaciega, una carcasa vacía. Su valor estratégico, sin embargo, era muy alto debido a la guerra entre Francia y el Imperio por el dominio europeo. En 1718, Francia y Austria firman la paz de Passarovitz. Los austriacos necesitaban un acceso al mar que les comunicara con sus posesiones napolitanas. Los franceses querían extender su cordón sanitario desde el Turín de los Saboya al Adriático. Los venecianos caían justo en la intersección de las dos grandes potencias mundiales, rodeados de enemigos y sin aliados. aquel primer tratado sirvió para contentar a los turcos, a quienes se entregaron extensas posesiones de la Serenísima a cambio de no seguir amenazando a Viena. El segundo tratado sería una sentencia de muerte. La conciencia de estar condenados impulsó definitivamente el delirio de sexo, juego, fiestas y espectáculos que hace del XVIII veneciano una farsa grotesca y admirable.
Preparativos para el final
El último Dogo fue elegido en 1789, nada menos. Ludovico Manin accedió al cargo porque era el único que aún podía pagar los dispendios obligatorios del cargo. Aunque era uno de los pocos patricios honrados y dignos de la república, nada pudo hacer y acabó abdicando. Sus últimos años, tras la invasión y el desastre, fueron patéticos porque el pueblo le culpó de todas las desdichas. Llegó a ser robado y apaleado por la calle entre las risas de los ciudadanos. A su muerte dejó lo que le quedaba de fortuna para obras de beneficiencia.
También salvó la dignidad de los barnaboti el patricio Angelo Querini, uno de los más conspicuos miembros de la administración de justicia, el cual encabezó una rebelión que exigía algunas reformas muy tímidas que dieran entrada a gentes nuevas en el aparato del estado. Acabó preso en 1761. Diez años más tarde, en 1774, hubo un segundo intento por parte de dos relevantes barnaboti, Giorgio Pisan y Carlo Contarini. Uno acabó muriendo en la cárcel y el otro comprado por el régimen. El dominio de la oligarquía se mantuvo incólume hasta el final sin debilidad alguna, de tal manera que cuando llegó la derrota todo el edificio se disolvió como un azucarillo.
El final
En 1796 el joven Bonaparte toma Milán, funda la república de la Lombardía y decide asaltar el Véneto para arrinconar a los austriacos. No tuvo que esforzarse. La nobleza de Terra Ferma y de las ciudades venecianas que había sido expoliada y humillada por los patricios, se puso del lado de los franceses sin disparar un tiro. Crema, Brescia, Bergamo le abrieron las puertas. No por eso se interrumpió el carnaval de 1797, uno de los más enloquecidos que han documentado los viajeros y embajadores. Verona, Padua y Vicenza cayeron tras un simulacro de defensa. Los únicos resistentes fueron los pobres campesinos que no podían soportar la presencia de los franceses en sus tierras. Un fenómeno similar al de la España de 1808, cuando la aristocracia se puso a los pies de Napoleón y sólo resistieron las clases populares en ataques guerrilleros más tarde reconducidos por burgueses ilustrados. Fueron justamente estos labriegos enfurecidos los que facilitaron a Bonaparte la declaración de guerra que andaba buscando con desesperación. Cuando unos pocos campesinos descalabraron a un puñado de soldados en tierra firme, el general pudo por fin enviar la orden de invasión.
La ciudad de la laguna era ahora de nuevo una isla sin conexión alguna en tierra. El Consejo de los Diez, en un gesto desesperado y cínico, se autodisolvió y proclamó la república democrática de Venecia. Fue inútil, un Bonaparte exasperado tomó en mayo la ciudad. Aún faltaba lo peor.
El final del final
En octubre del año anterior, Bonaparte había firmado un tratado secreto con los agotados austriacos en Leoben. Según este tratado Francia cedía a los austriacos el véneto y el Imperio les entregaba a cambio Bélgica y los Países Bajos, imprescindibles para el ataque contra Gran Bretaña. Era un tratado similar al de Hitler y Stalin en 1938, un reparto táctico de tierras, a la espera de la inevitable batalla posterior. De ese modo el imperio naval que había tenido más colonias en el mundo civilizado, se convertía en colonia de Viena, una ciudad de río. Así acabó la república Serenísima, el orgullo de las gentes del mar. Uno de los hombres que más la amó y mejor la conoció, John Ruskin, concluye su célebre ensayo “Las piedras de Venecia” con este párrafo patético: “Es inútil y penoso profundizar en los últimos grados de la ruina de Venecia. La remota maldición de las ciudades de la llanura pesaba sobre ella: “Orgullo, abundancia de pan y abundancia de pereza”. ¡Fue devorada por el fuego interior de sus pasiones, tan fatal como la lluvia ardiente de Gomorra! ¡Perdió su jerarquía entre las naciones y sus cenizas saturan hoy los canales del gran mar muerto”.
Y podríamos añadir: Vive ahora del turismo masivo, como una de sus viejas cortesanas, disfrazada para un baile que no es sino la celebración de su propia muerte.»
Fuente: elboomeran.com/blog-post/
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