Barcelone, correspondance avec Ricla

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(en desarrollo)

Ambrosio de Funes de Villalpando y Abarca de Bolea, Conde de Ricla (Zaragoza, 1720-Madrid, 1780), fue un general aragonés pariente del Conde de Aranda y del Conde de Peralada que, tras participar activamente en la Guerra de Sucesión Española, es nombrado en 1763 Capitán General de la Isla de Cuba, recompensando así sus logros y éxitos en el Ejército. Después de 1765, sería nombrado Gobernador y Capitán General de Cataluña siendo éste el cargo que ostentaba en el momento de la visita de Casanova a Barcelona. Tras su estancia en Cataluña Ricla sería nombrado Ministro de la Guerra por Carlos III.

Se transcriben a continuación varios fragmentos de dos cartas de Giacomo Casanova remitidas al Conde de Ricla. Ambas en el Archivo Estatal de Praga (Marr 9-45, p. 1 y 2):

 

«Barcelona, 20 noviembre 1768

Habiéndome interrogado esta mañana el señor de Valdillo [Secretario del Conde de Ricla] acerca del carácter de un genovés, que tuvo acceso a casa de Vuestra Excelencia, y habiendo sabido yo media hora después que ese ingrato había hablado mal de mí al señor conde de Peralada [sobrino de Ricla], me creo obligado a advertir a Vuestra Excelencia de lo que le suplico que lea en este folio.

Ese viejo pintor genovés que se hace llamar Ascanio Pogomas no es otro que un tal Giacomo Passano, genovés, que hace cinco años tenía en Livorno a su joven mujer y una niña. Éste me sirvió un año en calidad de secretario y después de haberme robado varias cosas se escondió en Lyon mientras yo estaba en aquella ciudad preparándome para partir.

Hice que lo buscaran, pero en vano porque temía que lo hiciera enviar a galeras por ladrón.

…/… Este hombre es conocido por tener una lengua infame, ser un calumniador y carecer de cualquier brizna de moral y de principios religiosos. Solo tiene paz cuando puede emborracharse y sus únicos templos son los lupanares …/… Es capaz de cualquier maldad y creo mi deber advertir de ello a Vuestra Excelencia y al mismo tiempo ofrecerle las cartas auténticas de Passano, que podrán persuadirle de la verdad de lo que le digo.

Si Vuestra Excelencia desea informarse de todo cuanto digo no tiene más que pedírmelo y le haré leer todas las cartas auténticas y en una sola hora estará informada del ímpio e infame carácter de ese Ascanio, que tiene gran necesidad de su protección pero no la merece.»

 La siguiente no está fechada.

«Monseñor,

Las atroces calumnias con las cuales un monstruo [se sigue refiriendo a Passano] no cesa de perjudicarme en esta ciudad me obligan a recurrir a la justicia de Vuestra Excelencia. Va como un condenado a clamar contra mí a todos los comerciantes, diciendo que soy un falsificador y afirmando horrores que, aunque falsos, me desolan y me matan.

Ayer vi en la calle a ese hombre que hace seis años fue mi doméstico y tuve que moderar mi justa cólera porque no me toca a mí hacer justicia, sino que antes debo recurrir a quien es el justo administrador y tiene el poder, y exigírsela.

Monseñor, pido que se demuestre que yo haya engañado jamás a ningún comerciante con falsas escrituras y que si se me descubre en falta estaré contento de que se me libre al furor de las malas lenguas, pero si las infamias que ese hombre dice de mí son falsas, me pongo a vuestros pies y suplico a Vuestra Excelencia que se castigue la calumnia.

…/… Anoche no fui  a la casa que Vuestra Excelencia honró ayer con su presencia porque ese hombre me ha pintado a todo el mundo como el último de los miserables. Me da verguenza mostrarme.

Ahora estoy, monseñor, en boca de todo el mundo en la ciudad, y lo que acaba por desolarme es que mis asuntos me obligan a partir sin tardanza.

Con el más profundo respeto…»

 

 

 

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