LIVRE IV – Sur mes amants-

El beso robado. Fragonard, 1780

El beso robado. Fragonard, 1780

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«Sus escándalos amorosos también fueron célebres y merecen un apartado especial en su currículum. Aunque sólo sea porque sus aventuras de amor ocupan cerca de un tercio de sus Memorias en las que, sin contar amores mercenarios, él mismo cita hasta ciento veintidós amantes. Aunque seguramente debieron ser muchas más.

 Un aventurero, por definición, es alguien que suma todo tipo de aventuras. Y las amorosas no pueden quedar aparte. Por eso las tuvo de todo tipo, todas distintas, sin ningún nexo de unión entre ellas, sin ninguna referencia fija, como si el amor para Casanova fuera dejarse arrastrar al albedrío de las olas. Grandes damas, burguesas, monjas, casadas, vírgenes, campesinas, actrices, bailarinas, prostitutas, su sobrina de trece años o su propia hija. Brotes verdes y frutos maduros. Sólo una constante inamovible: su rechazo obstinado al matrimonio. «Yo tuve la felicidad de preferir mi locura vagabunda a todas las ventajas que me habría procurado nuestra unión». Es en su pasión aventurera y en su rechazo al compromiso, donde sus amantes apreciaron siempre el rival a batir y contra el que muchas pelearon, hasta cerciorarse de que se trataba de un rival imbatible, contra el que luchar en vano. Por eso en muchas ocasiones fueron ellas las primeras en dejarlo pero, y esto hay que subrayarlo, casi siempre en una forma extremadamente cordial, no arrepintiéndose de haberlo conocido y manteniendo su amistad durante años. ¿Podría Don Juan decir lo mismo?

 Perfecto seductor y conocedor de las técnicas del amor galante, no siempre se sirvió de éstas para alcanzar su objetivo, en ocasiones directamente negociaba el precio con el padre o la madre, «Vuestra hija me place pero no quiero ni suspirar demasiado tiempo ni ser tomado por estúpido». O, en otras, con el marido, «No os prestaré los mil cequíes. Os haré un regalo en la persona de vuestra esposa, cuerpo a cuerpo, pero es necesario que, si os los presto, ella sea buena y complaciente, además de dulce como un corderito. Mirad, mi querido conde, de arreglarlo.»

 Y tampoco nos engañemos, en la segunda mitad del siglo XVIII tener una amante estaba considerado una muestra de distinción en las altas esferas de la sociedad, donde el matrimonio era un mero contrato transaccionado entre familias. Para cualquier hombre, mínimamente adinerado, evitar el riesgo de enfermedades venéreas encontrando una amante entre las mejores cortesanas o entre las hijas vírgenes del populacho o de su propio personal de servicio no era tarea difícil, antes al contrario, carecer de ella suponía tener que soportar comentarios a su persona. Como en nuestros días, el Rey no era Rey si no contaba al menos con una amante oficial Y sin distinción de sexos, a Catalina de Rusia se le contaron, al menos, doce amantes conocidos. Por su parte, las mujeres no sólo conocían y consentían sino que estaban predispuestas a una plena libertad sexual, desde la condesa de más alta alcurnia hasta la más baja ramera de calle. Eso sí, el desvirgamiento prematuro de una joven aristocrática suponía para su familia un deshonor,  el tener que negociar su matrimonio con una familia de rango inferior y el ofrecimiento de una generosa dote, mientras que para una joven humilde suponía frecuentemente acabar sus días en un convento o en un prostíbulo.

 Dependiendo del Estado, los grabados pornográficos eran habituales y estaban a disposición de todo el mundo, las damas de placer se anunciaban en publicaciones o se ofrecían directamente en todo tipo de lugares y situaciones. Los teatros eran un escaparate de prostitución y las numerosas actrices y bailarinas de la época eran en realidad, como la madre de Casanova, las meretrices más codiciadas. Los conventos podían fácilmente convertirse en la casa de citas más selecta de la ciudad e, incluso buena parte de los sacerdotes, muchos sin la más mínima convicción y arrastrados por sus familias o por lograrse un mínimo sustento, entendían el sexo como acto natural y placentero.

 Lo que realmente sorprende de Casanova es que el amor lo entendía como una aventura a disfrutar en sus distintas fases, donde la seducción la concebía como todo un arte previo a la cópula y, conseguida ésta, su reto posterior era ganarse el corazón de su amante de forma que, cuando se rompía la relación, normalmente ni él ni ellas tenían nada que reprocharse. Antes al contrario, cuando resultaba necesario, siempre estuvo presto a dejarla en manos de un protector o de un marido, sacarla de la prostitución o, incluso, meterla en un convento o ayudarla a abortar, para mantener a salvo su reputación. La de ella, claro.

 No podemos juzgar a Casanova con las reglas de hoy. Resultaría injusto aplicarle hipocresías y moralismos absurdos de la época bienpensante actual. Cometeríamos craso error. Porque además de vagabundo, usurpador y estafador debería sería imputado y condenado por trata de blancas, maltratador, incestuoso y pedófilo, entre otros delitos.»

Extraido del libro «La realidad de Giacomo Casanova». Si te interesa adquirirlo, pincha aquí: http://wp.me/p4Y5Vo-1R

 

Y para conocerlas, si no a todas, sí a algunas de ellas propongo este Capítulo donde, como siempre, en el desplegable encontrarás aquellos artículos que puedan resultar de interés.

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