Chapitre I -Manon Balletti, l´amour pur-

Casanova- Balletti1

Retrato de Manon Balletti, Jean-Marc Nattier, amigo de la familia Balletti, 1757. National Gallery de Londres.


♣♣

portada libro«Marie-Madeleine Balletti (Manon) fue el gran amor que Casanova nunca mereció. Dulce, natural, bella, rebosante de feminidad. Pura sencillez. Basta con contemplar su retrato o saborear la pasión que destilan las cartas que le escribe. Cariñosa, apasionada, grácil, femenina. Lo tenía todo para haber hecho feliz la vida de cualquier hombre. Pero Casanova no podía conformarse siendo cualquier hombre. Todas las cualidades de Manon no fueron suficientes para retener su espíritu inquieto y aventurero. ¿Qué le podía haber faltado? En realidad, nada. Era joven, hermosa, virgen, con talento y debidamente educada. Ningún hombre podría haber pedido más. Quizás se tratase de qué le podía sobrar: su inocencia, una desbordante inocencia.

Sin olvidar, está claro, la determinación innata de Casanova de no contentarse con ser un mero espectador de la vida. Al contrario, la suya era la de ser su propio protagonista. Sin comprometer su libertad y su independencia más que para sí mismo. Y ello le impedía pertenecer a una sola persona. Con todas sus consecuencias. La insolente autodeterminación del libertino.

Tempraneras horas del día de Reyes de 1757. En los contornos de París, descendiendo por el Boulevard de Strasbourg. Tras toda una noche viajando Casanova manda parar la berlina a su paso por la Porte de Saint-Denis. Desciende y tranquilamente se detiene a observar el despertar de la ciudad de la luz. Respira profundamente. La atmósfera es fría, gélida incluso para un veneciano y con ciertas notas de fetidez en el aire procedente de los desagües, de las calles, de las gentes. Aunque para él el ambiente destila libertad, vanguardia, esperanza. Oportunidad. De hecho pocos lugares en Europa podían acoger, sin hacer preguntas, a un recién fugado de prisión y a la cabeza de la lista de los más buscados en su patria. Ahora se sabe en la capital del mundo, siente ya la intelectualidad, la ilustración. Y también el poder, la apariencia de las formas y la hipocresía del espíritu. Y percibe que la esencia de su ser encaja aquí a la perfección. Está en el momento adecuado y en el lugar idóneo que sólo espera a acogerlo con los brazos abiertos.

En realidad Casanova, con treinta y dos años de edad y huido hace escasas semanas de su país tras una prolongada estancia de quince meses en la prisión veneciana de los Plomos con posterior y resonada fuga, no cuenta con más crédito que el que su antiguo amigo de correrías, el Cardenal de Bernis, actual Ministro del Estado, pueda o quiera concederle. Por ello la primera visita que decide realizar será a éste en el Palacio de Versalles, sede del gobierno del Rey Luis XV.

Aunque antes de esta visita se ve en la obligación moral de dirigirse durante esa misma mañana a casa de los Balletti, donde será acogido afectuosamente. Casanova y Antonio Stefano Balletti, hijo mayor de la familia, habían sido grandes amigos en su juventud, a la vez que con sus padres había mantenido una estrecha relación casi familiar durante su primera estancia en París. Y es ahí, en este primer reencuentro cuando espontáneamente le surgirá su pasión por Manon. “Lo que más me impresionó fue Mademoiselle Balletti, hermana de mi amigo. Tenía quince [sic] años y se había vuelto muy hermosa; la madre la había educado dándole lo que una tierna e inteligente madre puede dar a su hija, y todo lo que tiene relación con el talento, la fineza, la inteligencia y el conocimiento de la vida social”, nos cuenta Casanova en sus Memorias como su primera impresión de Manon. Y en la cena del día siguiente, nos sigue contando, “volvió a impresionarme la belleza de su hija. A los quince [sic] años poseía todas las cualidades capaces de seducir. Felicité a su madre, que la había educado, y no pensé entonces en ponerme en guardia contra sus encantos; aún no me sentía con la suficiente tranquilidad para imaginar que pudiesen hacerme la guerra”. Tengamos en cuenta que cuando Casanova redacta las Memorias ya era conocedor del infructuoso -para ambos- desenlace que tendría esta relación y que podría haber evitado poniéndose en guardia “contra sus encantos”. Pero, por un motivo o por otro, no lo hizo. De hecho nunca durante su vida supo refrenar su primer impulso. Los encantos de una mujer, una vez advertidos, eran de un empuje y una fuerza superior a su voluntad.

Con diecisiete años de edad cuando conoce a Casanova, Manon estaba comprometida con su maestro de clavicordio, el músico y compositor Charles-François Clément. Había sido una decisión de sus padres que Manon sobrellevaba resignadamente, como muchas otras que sobre su educación y su futuro adoptaban Silvia y Mario -como se les conocía artísticamente y reputados actores de la Comedia Italiana de París-, en su celo paternal y siguiendo las costumbres de la época. Nunca cesaron en su anhelo de encontrar el adecuado consorte, a ser posible pudiente y socialmente acomodado.

Una muestra de su empeño es el mismo encargo del retrato de Manon que hacen al ya célebre retratista y amigo de la familia Jean M. Nattier. En él se la muestra con una dulce expresión y con una rosa en su tierno pecho que, cuando era exhibido al público en los diferentes salones de París, parecía advertir: “joven y bella dama, núbil, se busca un marido solvente y con patrimonio…”.

Y por ello, aunque apreciaban enormemente a Casanova y lo acogían con los brazos abiertos en su casa, más tarde nunca parecieron del todo conformes con la idea de que fuera éste quien finalmente pudiera desposar a su hija. Y si bien no manifestaron rechazo en el momento en que, habiendo devenido eventualmente adinerado con sus negocios, Casanova les participó de su intención de contraer matrimonio con su hija, para ellos tal opción se desvaneció al impás que desaparecía su fortuna.

Los Balletti disfrutan de una agitada vida social y por las tardes su casa se convierte en un centro habitual de reunión con numerosos invitados. Durante estas veladas Casanova coincidirá a diario con Manon, aunque siempre guardando las apariencias, pues ella sigue formalmente prometida. Cruce de miradas entre ambos, conversaciones formales con simples adulaciones y complicidades por parte de él que son recibidas con admiración por parte de ella.

Pero esa admiración inicial se convertirá en encandilamiento y en pocas semanas será tal la pasión que se despierte en Manon que, en ocasiones, hasta la presencia de los invitados la inoportunan e, impaciente de una conversación íntima con él, le escribirá para mostrarle su ansia de que por fin se despidan todos de la casa. Y encontrarse a solas con él. Con su ya bien amado.»

Extraido del libro «La realidad de Giacomo Casanova». Si te interesa adquirirlo, pincha aquí: http://wp.me/p4Y5Vo-1R

♣♣

Deja un comentario