Chapitre II -Doña Ignacia, l´amour espagnol-

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La Puerta del Sol en Madrid, Luis Paret y Alcazar, S. XVIII En el centro la Iglesia del Buen Suceso, donde Casanova y doña Ignacia asisten a misa


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Doña Ignacia fue la aventura amorosa de Casanova en España.

Hija de don Diego, un zapatero remendón que habitaba en una humilde casa de la calle del Desengaño de la capital madrileña. Su origen humilde impide que exista ningún dato objetivo contrastado sobre su existencia y sobre su persona. Además la descripción del propio Casanova en sus Memorias es escasa y sesgada: 

«Veo una muchacha más bien alta que sale de un confesionario, bella, con aire contrito y los ojos vueltos a tierra …/…, debía de bailar el fandango como un ángel …/…, no parecía ser rica, ni noble, ni ramera …/…, no era ni falsa ni hipócrita …/…,  estaba hecha para serlo  por el hombre más exigente del mundo …/…, digna joven, honesta, devota.»

Sí, extraordinariamente devota, de hecho la historia de Casanova con doña Ignacia es la historia del libertino apasionado que lucha para vencer el fervor religioso y los prejuicios que  un catolicismo ultraconservador – imperante hasta en el último rincón de la sociedad española de la época-, impone al ser que se ama y que se siente amado.

Casanova conoce a doña Ignacia el día de San Antón oyendo misa en una iglesia de la calle de Fuencarral. Acababa de llegar a Madrid donde había visto bailar del fandango, un baile que inflamaba el alma, y quería bailarlo sin tardanza. Buscaba Casanova pareja de baile y fue a encontrarla aquella mañana en la iglesia de la Soledad y supuso que debía bailar el fandango como un ángel, que era lo que a él le interesaba. 

Casanova aguardó a que terminara la misa y la siguió hasta su casa en la calle del Desengaño, esperó en la calle media hora y llamó a la puerta para explicar al padre que es extranjero y que deseaba llevar a su hija de pareja para el baile del día siguiente en el teatro de los Caños del Peral. En lugar de cerrarle la puerta el sorprendido padre le pregunta a la muchacha que si ha visto alguna vez a ese hombre y ella, claro, lo niega. Casanova les asegura que sus intenciones son honestas y promete devolver a la muchacha sana y salva una vez acabado el baile. Deja a continuación una tarjeta con su dirección esperando allí respuesta. Al poco recibirá la aquiescencia a condición de que la madre de la chica les acompañe. Bailan pues y, a partir de ahí, surge un idilio recíproco donde imperan las contradicciones de ella, deseosa por un lado de entregarse en cuerpo y alma y remisa por otro debido a los dictados de la religión.

Doña Ignacia mantendrá durante muchos días su pugna interna entre su extremo fervor religioso y la pasión que le ha nacido hacia ese extranjero distinto. extravagante pero que le ha aportado luz en su gris existencia,  con avances y retrocesos durante todo el tiempo.

Finalmente, cuando Casanova se cree vencido por la moralidad que el confesor de doña Ignacia se obstina en imponerle, ésta cederá -sin vuelta atrás- a sus deseos.  Así se lo expone finalmente a Casanova: 

          »  -Si es una dicha, la debéis a una tiranía que pretendía arrastrarme a la desesperación. Dios es bueno, y estoy convencida de que no quiere que yo misma sea mi propio verdugo. Cuando le dije a mi confesor que me resultaba absolutamente imposible dejar de amaros, de igual manera que me resultaba imposible no cometer con vos ningún exceso, me respondió que yo no podía tener tanta confianza en mí, sobre todo porque ya había sido débil una vez. Estando así las cosas, quería que le prometiese no volver a encontrarme a solas con vos. Le dije que no podía prometérselo, y no quiso absolverme. Por primera vez en mi vida he sufrido esta afrenta con una entereza de ánimo de la que no me creía capaz, y poniéndome en manos de Dios he dicho: «Señor, hágase tu voluntad». Tomé mi decisión durante la misa: mientras vos me améis, sólo seré vuestra, y cuando os marchéis de España buscaré otro confesor. Lo que me consuela es que mi alma está muy tranquila. Mi prima, a quien se lo he contado todo, está muy sorprendida; pero es que tiene muy poco espíritu. No sabe que el mío no es más que un extravío pasajero.

             Tras esta declaración, que me revelaba toda la belleza de su alma, la tomé en mis brazos y la llevé a mi cama, donde fue mía hasta las primeras luces del alba, completamente libre de escrúpulo. Me dejó más enamorado que nunca.»

Histoire de ma Vie, Vol II, Cap III

 

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Humilladero de Nuestra Sra de la Soledad, Madrid Es lo que queda de la Iglesia de Nuestra Sra de la Soledad en la que Casanova conoció a doña Ignacia


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