Chapitre III -Henriette, l´amour qui n´est pas oublié-

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Escudo de la familia d´Albertas



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Ésta es la definición de felicidad duradera que Henriette dio a Casanova y éste transcribe en sus Memorias: “No puede existir más que entre dos individuos que viven juntos enamorados el uno del otro, sanos, lúcidos, suficientemente ricos, sin otros deberes que los debidos a sí mismos, y que tuvieran los mismos gustos, el mismo carácter poco más o menos y el mismo temperamento.”

 

 «Un Casanova, de tan sólo veinticuatro años por aquél entonces. Hacía meses que, exiliado por primera vez de su amada patria, vagaba sin rumbo fijo por distintas ciudades de Italia, momentáneamente con los bolsillos llenos de cequíes gracias a la generosidad de sus protectores y al recaudo de sus partidas de cartas y otros turbios menesteres. Concretamente en esa ocasión venía de Milán, donde había arrebatado de su proxeneta a Marina, bailarina y prostituta, para ser él su único amante. Aunque ya la había dejado en manos de otro bailarín gran amigo suyo, Antonio Stefano Balletti, procedente de una familia de comediantes afincada en París. Llevaba ya mucho tiempo dedicando su energía exclusivamente en disfrutar de los encantos sexuales de las mujeres, pagando o no por ellos, en contraer enfermedades venéreas y en fecundar nueva vida aun sin conocimiento. Lleno de una vitalidad que le desbordaba y sin mayor designio que vivir en la dicha del instante presente.

La primera vez que la ve, Henriette vestía con uniforme militar junto a otro oficial mayor que ella. Más que la extraña imagen de aquella insólita pareja, seguramente escondiéndose de algo o de alguien, fue el travestismo de ella, lo que realmente le chocó. Esa confusión visual de sexos que siempre le sedujo tanto. Ante su mirada, lo que se le ofrecía como una figura ataviada en un viril uniforme militar y con peinado varonil, su intuición lo adivinó rápidamente como un delicado cuerpo femenino, lujurioso, sensual. Un blanco perfecto, la presa codiciada. Sin la venda de absurdos prejuicios ni de moralismos hipócritas, Casanova siempre sintió debilidad por la masculinización de lo femenino, por la feminización de lo masculino, por la confusión y por el misterio. Aquella elegante levita azul que lucía Henriette y aquel peinado varonil, fueron el detonante de lo que sería su más apasionada historia de amor vivida, porque a partir de ese momento y “fascinado por la bella aparición” no cejará en su empeño de hacerse dueño de ella.

Y sí, aunque era consciente que nunca tuvo el control de la situación, ciertamente se acabaría adueñando de ese precioso ser, haciéndolo suyo. El laconismo que pronto descubrió en Henriette lo llevó a desconocer siempre su verdadera historia. Sintiendo curiosidad, “la única pregunta que le hice a la que se creyó obligada contestarme fue que no era ni su marido ni su padre” aquel oficial que la acompañaba. Y, por suerte o por desgracia, aquel húngaro tampoco podía aclararle gran cosa: “Lo único que sé es que dice llamarse Henriette, que sólo puede ser francesa, que es dulce como un cordero, que parece haber tenido una educación esmerada, que está bien de salud y que debe de ser inteligente y valerosa, a juzgar por las pruebas que ha dado”. Y también le pudo aclarar que, por voluntad propia, cuando se conocieron en Roma, Henriette había preferido abandonar a otro viejo oficial que allí la acompañaba, y seguir camino ahora con él hasta Parma donde ella “tenía cierta cosa que hacer”. Durante todos los días que había compartido con ella el húngaro no había llegado a conocer nada más de su historia. La misma ley que impedía a Henriette mentir no le permitía decir la verdad.

¿Quién es esta joven, decía yo al aire, que mezcla el sentimiento más elevado con la apariencia de un gran libertinaje? Ese enigmatismo llevó a Casanova a nunca conocerla realmente, con lo que siempre y en cualquier ocasión, podía ver en ella la mujer perfecta de sus sueños. Nunca supo de quien se enamoró, eso hacía de Henriette la amante ideal.

Henriette, nombre ficticio, no sólo fue un auténtico misterio para Casanova, lo ha seguido siendo hasta el día de hoy. Hay distintas hipótesis de quién pudo haber sido realmente. Según la más plausible Henriette habría sido Marie-Anne d´Albertas, hija de Michel-Gaspard d´Albertas, Señor de Jouques y de Roquefort, y de Claire de Candolle, nacida en Marsella el 10 de marzo de 1722, bautizada al día siguiente en la iglesia parroquial de Saint-Ferréol-le-Vieux.

Parece ser que Marie-Anne d´Albertas huyó de su casa provenzal no conforme con el matrimonio concertado por la familia o, quizás, con la intención de su futuro suegro de ingresarla en un convento, según la versión que ella misma comunicó a Casanova. Pero los motivos de su fuga son meras conjeturas. Lo que sí es cierto es que, con la intermediación del conde d´Antoine-Blacas, se negoció con la familia su matrimonio con un noble proveniente de una familia de nobleza reciente, de rango inferior, estudiante de derecho y cinco años menor que ella. Además la familia hubo de hacer una donación de 20.000 libras a la familia del marido.

El matrimonio con François Bougerel de Fontienne tuvo lugar en Marsella por contrato de fecha 7 de enero de 1752, casi dos años después de la separación de los amantes en Ginebra en el mes de febrero de 1750. De ese matrimonio nacerían tres hijos, siendo la mayor Marie-Anne-Zoé, nacida el día 14 de noviembre de 1752 y el menor Louis-Bruno-Alphonse, nacido en mayo de 1756.

La residencia donde Casanova encontró a Henriette en el año 1763 y donde intentó visitarla en el año 1769, “a una legua y media de la Croix d´Or”, era un pabellón de caza propiedad del Marqués de Bouc, Jean-Baptiste d´Albertas, Consejero del Rey y primer Presidente del Tribunal de Cuentas de Provenza, familiar directo de Marie-Anne y protector de la familia. En el pabellón residían habitualmente los dos hermanos del Marqués junto con sus esposas.

Marie-Anne d´Albertas murió en Aix-en-Provence el día 14 de septiembre de 1792, el mismo en que Casanova deja de escribir sus Memorias, siendo enterrada en la Parroquia de Sainte-Madeleine.»

 

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