Chapitre IV -Cécile de Roggendorf, le dernier amour-

Dibujo de silueta atribuida a Cécile, encontrado en los archivos de Dux.

Dibujo de silueta atribuida a Cécile, encontrado en los archivos de Dux.

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«Cécile, era una joven desdichada, melancólica, novelesca y, lo que era peor, sin futuro.

Desdichada porque su infancia había sido la propia de una huérfana pobre procedente de familia noble arruinada: “a la edad de ocho años perdí a mi buena, virtuosa madre, mi padre no le sobrevivió más que cinco años, poco tiempo después de esta penosa catástrofe, mi tía Salm me retomó del convento”. La única herencia recibida, setenta y cuatro florines. Como prebenda a los diecisiete años recibe de la Emperatriz, dos días antes de que ésta muriera, el título honorario de Canonesa de Halle con una renta asignada de cuatrocientos florines que difícilmente le permite subsistir. Una renta mínima de inserción de la época.

Melancólica y tendente a la tristeza porque así lo decía ella misma. A los ocho años de edad “sufrí la viruela, que hizo de mí casi un monstruo. El recuerdo de haberme sabido bella y no serlo más me hizo melancólica”. En realidad, era un problema de baja autoestima, pues según testimonios que la conocían, era una joven hermosa y de figura agradable. Este es el atestado que le remitió la princesa de Clary al viejo bibliotecario cuando en Viena había coincidido con ella: “Es verdaderamente encantadora en todos los sentidos, hermosa como un ángel, un porte perfecto, discurre muy bien, sin extralimitarse demasiado y sin apuros, en fin, justamente lo necesario para saber estar.”

Novelesca porque, aunque ella lo negara, así se lo decían sus propias amigas y algún otro personaje.

Y sin futuro porque, habiendo alcanzado los veintiún años de edad seguía viviendo acogida por una tía que la menospreciaba y que hacía brotar en Cécile la sensación de ser un mero parásito social. Para colmo de males, hacía pocos meses que su prometido, el barón Jean Vécsey, había perecido en la batalla de Bassano. A su edad y en su época esto le suponía un grave contratiempo pues, si no encontraba pronto un marido apropiado o una ocupación que la dignificase, era ánima de convento. O carne de burdel.

Un alma afligida, nostálgica, insatisfecha con el mundo que la rodea que viene a inmiscuirse en la vida de un anciano achacado de esos mismos males. Más de ciento cincuenta leguas los separan pero soportan los mismos achaques. La melancolía les une. Aunque el uno puede ser el remedio del otro. Ella, necesitada de seguridad, de experiencia, de pericia en la vida, de alguien de confianza que la guíe. Él, sobrado de tales virtudes, necesitado de poder demostrarlas.

Es por ello por lo que el viejo bibliotecario vuelve a imbuirse en el personaje de Giacomo Casanova seductor-protector y aceptará la aventura, ahora epistolar, que Cécile le propone. Y ésta se hará regular, alcanzándose en poco tiempo una alta estima entre ambos, compartiendo desdichas y ofreciendo consejos para superarlas, revelándose ciertas intimidades y secretos y urgiéndose entre ellos para no demorar el momento de dicha al recibir una carta del otro. Filosofando sobre la vida, sobre las virtudes del hombre y las de la mujer, sobre la razón humana y sobre las pasiones. Y sobre el amor. Ella se muestra siempre ingenua, jovial, culta y algo coqueta. Casanova se convierte en «el amigo que el Cielo me destina» y, en poco tiempo, Cécile pasa a llamarlo su Longino, ella es su Zenobia. Casanova confesará tener entrañables momentos de felicidad cuando lee las cartas de esta joven que no conoce, y a la que nunca conocerá. Aunque los separan cincuenta años de edad y muchas leguas de distancia, ahora se encuentran compartiendo el mismo escenario.»

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