Chapitre II -Dux, commerce épistolaire-

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Castillo de Dux, actual Duchkov(Chequia)

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portada libro «El viejo bibliotecario, a pesar de encontrarse completamente aislado, y de no disponer de la oportunidad de redes sociales, ni de innovaciones tecnológicas que no vendrían hasta varios siglos más tarde, consigue contactar con el mundo exterior y ser un auténtico centro de comunicaciones a través de la abundante y variada correspondencia epistolar que mantiene. Así, cada día escribe y recibe numerosas cartas, conservando el contacto con buena parte de las personalidades y de las amistades trabadas durante su agitada vida. Sus corresponsales le escriben de todas partes de Europa. Desde Venecia, desde Francia, desde Alemania, desde Rusia, desde Polonia, desde Austria, desde Londres, desde España…, Así, recibe cartas de su fiel y mejor amigo el conde Maximilien de Lamberg con quien formaba una verdadera comunidad de pensamientos; o de Antonio Ottaviano conde de Collalto, uno de sus condiscípulos de juventud en Padua y también protector durante toda su vida; o del intelectual Johann Ferdinand Opiz, un simple funcionario considerado el “filósofo de Caslav”; o de su antiguo amigo Anton Raphael Mengs, pintor de cámara del Rey español; o de Emanuele Conegliano, más conocido como Lorenzo da Ponte, autor de los libretos de las más famosas óperas de Mozart; o del conde Friedrich von König; o de la Princesa Caroline Lobkowitz, que fue quien le regaló la perrita “Finette” la que sería su silenciosa y grata compañía en Dux; o de Wilhemine Enke, condesa de Lichtenau y otrora amante de Federico Guillermo II, rey de Prusia; o de Henriette Eleonore Augusta von Schuckmann, condesa de Lüttwitz; o de Ferdinand Ernst Joseph Gabriel von Waldstein, hermano del conde de Waldstein y a quien Beethoven le dedicaría la Sonata Waldstein en agradecimiento a su protección; o del Barón von Sellentin, oficial prusiano; o de Carlo Koenig, amigo masón; o del Príncipe de Ligne, alto aristócrata, amigo y admirador, así como de su hija la Princesa Clary; o de Pietro Zaguri, patricio veneciano que conservó su amistad a pesar del exilio; o del conde Simeone Stratico, erudito en diversas ciencias y profesor de medicina en la prestigiosa Universidad de Padua; o de Thérèse Boisson de Quency, esposa del célebre aventurero francés Boisson de Quency. Y así un interminable etcétera.

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Castillo de Dux, entrada actual

En este extenso comercio epistolar el viejo bibliotecario se siente presente y recordado por el mundo y en él sigue siendo el gran personaje de antaño, hombre perteneciente al mundo cultivado y protagonista del siglo de las luces. Le devuelve la vida, le despierta el espíritu y lo sustrae del mundo tangible. En él sigue siendo el respetable Caballero de Seingalt.»

 

Extraido del libro «La realidad de Giacomo Casanova». Si te interesa adquirirlo, pincha aquí: http://wp.me/p4Y5Vo-1R

 

Durante la segunda mitad del siglo XVIII las capitales y principales ciudades europeas  estaban razonablemente bien comunicadas a través del correo ordinario. Aunque la velocidad del correo postal —haciendo uso de caballos y diligencias había llegado prácticamente al límite de sus posibilidades, la significativa mejora en su regularidad y frecuencia permitió a los usuarios prever la llegada de cartas y facilitó la rápida confección y puesta en envío de las mismas.

Para hacernos una idea, en la época una carta enviada desde Venecia a España tardaba 18 días, mientras que en sentido inverso,al seguir distinta ruta, 21 días. De Venecia las cartas transitaban por Padua, Vicenza, Verona, Brescia, Bérgamo y Milán y, de ahí, tomaban la ruta de Turín, Susa, Chambery, Grenoble, Nimes, Montpellier, Beziers, Narbona, Perpiñan, Barcelona, Zaragoza y Madrid. El viernes o el sábado de cada semana llegaba a Madrid el correo de Italia y partía con las respuestas el mismo sábado a media noche.

Los corresponsales privados solían esperar con ansia el arribo del correo y, en función, de su interés y del compromiso que hubiesen adquirido se afanaban más o menos en contestar. El apego a familiares y amigos, por consiguiente, disciplinaba su escritura y la ajustaba a la regularidad del servicio postal.

Según el propio Gregorio Mayans, uno de los representantes de la primera ilustración española «la freqüencia de los correos, i la muchedumbre de cartas» impedía leer muchas y responder a las extensas, pero a los más allegados «suelen alegrar las cartas largas, porque suplen el gusto de la conversación i menudamente informan de las cosas domésticas o de las que estiman». Escribir y recibir cartas se convirtió en una obligación para la sociedad de «buen tono» y en una norma de urbanidad entre parientes e íntimos. El volumen de la correspondencia de una persona -sobre todo de la recibida- determinaba su estatus en la sociedad. Si el servicio de correos lo hacía posible, la permanente comunicación era un compromiso y el dejar de escribir una falta inexcusable.

Como ejemplo, la carta que le remite a finales de 1772 la esposa de Giovanni Querini, Embajador veneciano destinado -a su pesar- en Madrid,  a su esposo ( y «hombre de cultura» a opinión de Casanova), dada la falta de «compromiso epistolar» para con ella, pues le extrañaba que no encontrase «un piccolo momento per scrivere almeno due sole righe, è per contentare un animo che già sapete che brama sempre la giornata di posta per avere la sola consolazione di vedere e leggere i vostri caratteri».

Fuente: Javier ANTÓN PELAYO, «LA PRÁCTICA EPISTOLAR, PÚBLICA Y PRIVADA, DE GIOVANNI QUERINI, EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE VENECIA EN ESPAÑA (1768-1773)»

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