Chapitre VIII -Mort à Dux-

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Placa conmemorativa, cementerio de Santa Bárbara, actual

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portada libro «Los primeros días del mes de junio del año 1798 se le presentan como los últimos de su calendario y, como si de un temporal se tratara, la persistente agonía deja paso a ratos a una transitoria calma. Y es en esos momentos de debilidad sosegada cuando, aún sin quererlo, la mente del viejo bibliotecario lo transporta a tiempos pasados. Le es inevitable. Ya le había ocurrido en otras ocasiones pero ahora es diferente, la rememoración se presenta como totalmente real. Entre una tenue neblina y sonidos afinados de un violonchelo inexistente que parece lejano, consigue reconocerse a sí mismo, cuando un joven Casanova en los carnavales de Venecia pasaba horas y horas jugando en las timbas desdeñando el futuro y jactándose de ello, bien aconsejado por su Genio, “corriendo de una a otra, ganando, perdiendo, y haciendo locuras con toda la libertad de mi cuerpo y de mi alma, seguro de no ser conocido por nadie, disfrutando del presente y menospreciando el futuro”; y, más allá, también se reconoce recorriendo entre los bastidores de los más prestigiosos y de los más mundanos teatros, en busca de ese tierno y fresco fruto tan anhelado por aquél entonces. Y también cuando, escapado de los Plomos, vuelve a saborear el placer de la libertad, llorando, sollozando como un niño, sintiendo “una emoción tan intensa que mi alma se elevó a Dios misericordioso poniendo en marcha los resortes de mi gratitud y enterneciéndome con una fuerza extraordinaria, tanta que mis lágrimas abrieron de repente el camino más ancho para aliviar mi corazón, asfixiado por un exceso de alegría”. Esas lágrimas y esa emoción habían vuelto, las podía sentir de nuevo evocando vivencias pasadas que ahora se le aparecían como si fueran tiempo presente. Ese tiempo presente que tanto amó y ensalzó. Bendita paradoja, ahora el verdadero presente iba dejando de existir para dar paso al pasado. Tenía razón el Genio: hay que menospreciar el futuro.

Pero el padecimiento no lo olvida y vuelve, haciendo que las postreras noches sean cada vez más intranquilas. Cada vez es menor la diferencia entre el día y la noche. A ratos maldice la incompetencia de los médicos que lo atienden. No entienden que no quiere alargar sus días, sólo mitigar el calvario. Ha decidido por su cuenta no beber líquidos para atenuar el sufrimiento, cada vez más inaguantable. La debilidad finalmente lo supera.

En el fatídico 4 de junio de 1798 Casanova se resigna. Si el futuro para él nunca existió, para qué soportar más estos prolegómenos que ahora ya son sólo voluntad de Dios. Siente el óleo sagrado de la extremaunción. El tránsito se acerca, el telón comienza a bajar. Son setenta y tres años dedicados a vivir una intensa vida, a la filosofía, al amor, a la erudición, a la amistad. Ya no le queda nada que esperar de este mundo y, lo que es peor, el mundo tampoco espera nada de él. Salvo despedirse y encomendarse a Dios. Y así lo hace.

 Postrado en su lecho, extenuado, vencido, con su sobrino a un lado de la cama y sus fieles amigos el conde de Waldstein y el Príncipe de Ligne al otro, logra reunir la escasa energía de que dispone para acomodarse en el sillón y evitar, así, el ahogo que le 

dux3klsupone seguir estirado. Allí lega a su sobrino su más preciada y única herencia: el manuscrito de unas memorias inacabadas. Y los anticuados libros y los amarillentos documentos que le acompañaron toda su vida los encomienda al conde. Era lo menos que podía hacer después de todos los favores que le había hecho durante los trece años que le dio cobijo. Aparentemente escaso legado.

Y suspira. Oscuridad. La sensación de ingravidez que la ausencia de dolor le produce lo arrastra nuevamente al pasado y, como si de un océano de recuerdos se tratara, remontando ola tras ola, su mente le hace revivir hermosos momentos. Y, de nuevo, entre la melodía emanada de un violonchelo, menos lejano ahora y que le resulta familiar, vuelve a vivir el mismo placer que sentía cuando recibía una carta de su dulce Manon que, siempre amorosa, solícita, tierna, se despedía diciéndole que no podía más que amarlo a él. Y el de aquellos días compartidos con la bella Esther, en Holanda, cuando “pasábamos juntos todo el día, enamorados”. O el de aquellos otros vividos con Doña Ignacia, en Madrid, cuando pensaba que no había “nada más dulce que la vida que lleva un hombre enamorado junto a una persona que le devuelve ese amor y responde a todos sus deseos”. Momentos que mágicamente vuelve a revivirlos.

Y, cómo no, los momentos pasados con la adorable Henriette, su adorable Henriette, el amor que le robó el corazón para nunca devolvérselo, la preferida, la más amada y nunca olvidada, a pesar de que aquella triste mañana de invierno en Ginebra ella marchara dejándole grabado en el cristal de la ventana “Olvidarás a Henriette”. No, nunca lo hizo, y su recuerdo le siguió durante toda su vida. Ahora volvía a tenerla ahí delante, tan dulce, tan atractiva, tan encantadora como siempre, con su misma cautivadora sonrisa, tocando nuevamente el violonchelo como un ángel. Sólo para él. Y él vuelve a estar ahí, extasiado de tanta belleza, volviendo a oír ese celestial sonido. Ahora sí puede reconocerlo, la melodía lo invade, llena la estancia, está sólo ante ella, y ve como esos adorables ojos vuelven a mirarlo y oye como esos frágiles labios le susurran lo mucho que lo amó. Y él la abraza, vuelve a abrazarla, a sentirla suya, tan ansiadamente suya, como si nunca hubiera marchado. Todo tan real, tan placentero. Dicha eterna y lágrimas. Las mismas lágrimas que ahora caen de sus ojos ya sellados para siempre y que lentamente se deslizan por sus mejillas para acabar cayendo al vacío y fundirse con una deslumbrante luz blanca que pasa a invadirlo todo. Todo.

Se sabe que sus últimas palabras pronunciadas entre los brazos de sus amigos fueron: “¡Oh!, gran Dios, y todos vosotros que sois testigos de mi muerte: he vivido como un filósofo y muero como un cristiano”. Giacomo Girolamo Casanova ha fallecido. O, mejor, el Caballero de Seingalt, como él prefería presentarse, ha consumado su representación. La interpretación ha sido magistral, suprema. El telón cae, la música de violonchelo desaparece, las luces se apagan. La función ha terminado.

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Iglesia de Santa Bárbara en Duchkov

Giacomo Girolamo Casanova tuvo una modesta sepultura y fue enterrado en el pequeño cementerio situado detrás de la Iglesia de Santa Bárbara de Dux, donde tuvo que verse nuevamente injuriado por los mismos zoquetes lugareños que le habían estado incordiando durante trece años. El inculto encargado de los registros mortuorios de la parroquia no acertaría ni en su nombre ni en su edad al registrar el deceso. Hizo constar: “4 juin, Herr Jakob Cassaneus, Venezianer. Im 84 Jahre”. También se sabe que la sencilla y triste cruz de hierro que se colocó sobre su tumba cayó al suelo al poco tiempo y quedó cubierta por la hierba y el abandono, pasando al olvido durante años. Cuando en el año 1922 se excavó en el cementerio no se encontró resto alguno y, en un último alarde de tosquedad aldeana, se colocó en la fachada frontal de la misma Iglesia una siniestra placa conmemorativa, fría y gris que, redactada en alemán, dice:

JAKOB CASANOVA

Venedig 1725

Dux 1798″

Extraido del libro «La realidad de Giacomo Casanova». Si te interesa adquirirlo, pincha aquí: http://wp.me/p4Y5Vo-1R

Anotación de la muerte de Casanova en el Registro de Fallecimientos de Dux

Anotación de la muerte de Casanova en el Registro de Fallecimientos de Dux

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