Chapitre I -Le Grand Tour-

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Galería de cuadros con vistas de la Roma antigua, Giovanni Pannini, 1759


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Nadie sabe quién lo inició pero pronto fue conocido como el «Grand Tour». Este viaje enfocado como un crecimiento personal y cultural se convirtió en una tradición de la aristocracia inglesa que consistía en enviar a sus jóvenes -o acompañarlos- durante meses o años a un viaje atravesando Francia e Italia, para que éstos pudieren conocer las raíces de la cultura occidental, el arte clásico y perfeccionar idiomas. Sobre el año 1660 ya se denominó de esta forma a este viaje que, más o menos, tenía un itinerario fijo. Más tarde también lo frecuentarían jóvenes protestantes del norte de Europa y jóvenes norteamericanos hasta que, finalmente, sobre la década de 1820 con la aparición del ferrocarril, los trayectos se hicieron más baratos y asequibles, con mayores comodidades y se amplió el alcance de los puntos que podían ahora ser visitados, con lo que la tradición fue desapareciendo y, finalmente, se acabó dando paso al turismo de masas.

A mediados del siglo XIX, el empresario Thomas Cook comenzó a ofrecer viajes organizados para grupos numerosos en busca de ciudades monumentales, playas tranquilas o lugares lejanos y exóticos.

Para entenderlo mejor, al menos en sus inicios, el profesor Bruce Redford en su obra «Venice and the Grand Tour» (Yale University, 1996) nos dice: » el Grand Tour no sería Grand Tour si no incluye lo siguiente: primero, un joven inglés patricio (o sea, aristócrata o miembro de la alta burguesía); segundo, un tutor que se haga cargo durante todo el viaje; tercero, un viaje fijado que incluya Roma como principal destino y cuarto, un largo período de ausencia, entre dos y tres años».

Itinerario

El recorrido era muy variado y dependía del presupuesto, pero generalmente se consideraba obligatoria la visita a Francia e Italia. Para un viajero inglés, el Grand Tour solía iniciarse en Dover para pasar bien a Calais o a Le Havre, desde donde se partía hacia París, por aquél entonces el centro cultural de Europa -optativo los Países Bajos, desde donde se visitaba Bruselas y, más tarde, Alemania-.

La visita de Francia solía realizarse bajando al sur desde París, visitando el valle del Ródano (Lyon, Aviñón…) hasta la Provenza y el Languedoc. Las visitas a Suiza, sobre todo Ginebra, cerca de la cual, en Ferney, vivía Voltaire, se popularizaron en la década de 1760 y 1770. El propio Voltaire solía recibir a los viajeros ingleses que pasaban por allí, con lo que, dada su fama, atrajo a un número muy grande de jóvenes. Igualmente, tras la publicación de las Confesiones de Rousseau, se popularizaron los paisajes de Suiza y Saboya, que se convirtieron en una vía de entrada preferente a Italia.

El recorrido por Italia visitaba Turín, Milán y Venecia, como centros culturales más modernos, y se bajaba al sur, a Florencia, a admirar obras del Renacimiento. Roma atraía a un gran número de jóvenes con aspiraciones artísticas, considerándola una visita obligada. La visita a Italia solía concluir en Nápoles, por aquél entonces la mayor ciudad de Italia, donde se admiraban también las ruinas de Pompeya – la costa de Liguria y  la Toscana, eran optativas-.

También había quien viajaba en barco directamente a Italia, para luego regresar por tierra.

El regreso desde Italia solía hacerse directamente en barco, desde Livorno o Génova, vía Francia, o bien cruzando los Alpes y entrando en Suiza, Austria o Alemania.

A pesar de no estar en ningún sitio establecido una estancia en París, capital cultural de Europa, Roma, capital espiritual y artística y Venecia, para una estancia más placentera, se consideraban como indispensables.

La península Ibérica quedó alejada casi siempre de estas corrientes de nuevos viajeros. Las razones pueden ser variadas y muchas han sido las explicaciones que tratan de entreverlas, pero entre ellas es fácil comprender el conflicto europeo entre el Reino Unido y la Corona española o las malas condiciones de las infraestructuras del transporte en nuestro país. La situación del país a principios del siglo XVIII, tras la guerra de sucesión, tampoco es demasiado propicia para el tránsito de turistas nacionales o extranjeros por el país. No fue sino hasta 1739, y aunque únicamente entre Madrid y los Reales Sitios, se establece un primer servicio de «sillas de posta» o carruajes de alquiler, con cambio de caballerías «garantizado» que «sirve para conseguir que los Naturales y Estrangeros transiten y circulen de unos a otros parajes sin las dificultades de hasta entonces». Solo a partir de la llegada de los Borbones al trono español cambiará ligeramente la situación y algunos viajeros ilustres asomarán por las fronteras españolas, aunque sin demostrar excesivo interés, como el propio Casanova que, en su corta estancia en nuestro país y tras dos visitas a prisiones españolas, tuvo que salir huyendo para mantener su vida.

Venecia y los primeros souvenirs

Venecia fue siempre parada obligada del Grand Tour, Los visitantes ingleses y del norte de Europa buscaban en ella Renacimiento, Tiziano, Tintoretto, Veronese, además de la atracción de sus tradiciones populares. El carnaval, el teatro, las imágenes de canales repletos de embarcaciones en celebración, invitaban a hacer el viaje.

Para John Eglin («The Myth of Venice in British Culture, 1660-1797″, Macmillan, 2001) la idea inglesa de Venecia en la época era como «lugar de encanto del estilo italiano decadente» paradigma y parte cultural del Grand Tour.

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Piazza del Popolo,  1750 Giovanni Battista Piranesi

Fueron muy codiciadas por quienes hacían el Grand Tour las obras relacionadas con la Antigüedad Clásica, consideradas imprescindibles para «alcanzar sutilidad y corrección en el gusto». Una interpretación muy particular del esplendor de la Roma imperial la dio el arquitecto y grabador Giambattista Piranesi, creador de una poética de las ruinas, integradas en un marco de naturaleza envolvente y misteriosa, de enorme éxito entre sus contemporáneos. El mercado de objetos procedentes de los yacimientos arqueológicos, al que se agregaron abundantes copias y falsificaciones, vivió un período de apogeo, con talleres especializados encargados no solo de restaurar las obras halladas en las excavaciones sino también de reproducirlas.

Entre las piezas más habituales figuraban lienzos o estampas con vistas (vedute) de rincones pintorescos o de plazas y calles de gran renombre. El autor más cotizado del siglo XVIII en este campo fue el veneciano Giovanni Antonio Canal, conocido como el Canaletto. Su recreación de los monumentos de la antigua Roma adonde viajó en su juventud, y, sobre todo, las perspectivas panorámicas de su Venecia natal entusiasmaron a los nobles británicos. Tal fue su prestigio entre los ingleses que, en 1746, se trasladó a Londres para trabajar y allí permaneció durante nueve años. 

Aunque algunos Grandes Turistas prefirieron invitar a artistas a acompañarlos en su viaje, haciendo dibujos o pinturas de su propio itinerario, como el caso del artista inglés Richard Wilson que dibujó lugares de Italia mientras viajaba con el conde de Dartmouth a mediados del XVIII.

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